Estás atascado en esa situación, sin poder escapar, como la mierda que quedó en la taza del baño. Solo. Recluido en ese estrecho cuarto. En silencio. Pensás qué hacer mientras volvés a intentar.
Ahora empezás a sospechar. El dueño de casa sabía y no te dijo nada. Se caga de la risa de vos, afuera. quiere ver cómo resolvés el lío en el que te acabás de meter.
Con tu vergüenza a cuesta, salís humillado a pedir ayuda. Intentás disimularla un poco pero se te nota. Para colmo, él se hace el desentendido. Te lo hace más difícil. Le pedís a la tierra que te haga de desaparecer, como si eso alguna vez hubiese funcionado. Otra vez no resulta.
Él se apiada, te ayuda, te sobra. Te despoja de un poco de orgullo, el que te quedaba, y queda como un rey. Explica ahora que nunca tuvo ese problema, como un impotente que se justifica. No le creés pero mentís.
Tu mierda se va y sos libre. Evitarás volver a hablar de eso para no se te revuelva el estómago.
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